Dejadez en los trenes: No es casualidad

Una vez más vuelve a ser noticia una serie de averías en el servicio convencional de tren, en este caso en Extremadura. Pero este tipo de noticias (cuando llegan a ser noticia) no son nada nuevo. Sobre todo en Catalunya, donde el uso del tren es de los más intensos de España, estamos más que acostumbrados a la constante dejadez en el servicio de tren convencional, sea de cercanías o regional. La última vez que se hizo un gran esfuerzo en mejorar la red convencional fué con el plan de electrificación en los años 80. Luego llegó el AVE, y los trenes convencionales cayeron en el olvido.

España es probablemente una excepción en todo el planeta, un país donde convive la segunda mayor red de alta velocidad (solo detrás de China), y la más densa del mundo, con una red convencional que casi en su totalidad puede describirse como tercermundista. De hecho, países que nosotros con nuestra altivez occidental solemos considerar como “tercer mundo” a menudo tienen mejor servicio de tren, un buen ejemplo siendo Rusia. Es ilógico pensar que de alguna forma falte dinero para proporcionar un buen servicio de tren convencional: Hoy por hoy al menos el 90% de la inversión en ferrocarriles va al AVE, o, dicho de otra forma, mañana mismo se podría multiplicar por diez la inversión en ferrocarril convencional si se dejara de invertir en la mayor ruina infraestructural de España. Pero eso no ocurrirá.

Este tipo de desinversión y dejadez en ferrocarriles convencionales no es nada nuevo. La práctica de destruir el transporte público con tal de fomentar la venta de coches es una práctica que se remite a los años 30. Fué en aquel entonces en EE.UU., cuando hacía poco de la concepción de la producción en masa del automóvil, y se empezaron a urdir formas de potenciar la venta de coches al hacer menos atractivos los transportes públicos. La forma de proceder era muy sencilla, y marcó el esquema que se sigue hasta la fecha: Primero hay que hacerse con el control, directo o indirecto, de los transportes públicos. En su máximo apogeo en EE.UU. se concibió una empresa, “National City Lines” que era un frente de General Motors y otras industrias abastecedoras del coche, para comprar sistemas de tranvía y progresivamente cerrarlos para empujar a la gente al automóvil. En España el control es indirecto, mediante los lobis y otros tipos de presiones hacia el gobierno. Una vez controlada la gestión de los transportes públicos, se procede a dejar que el servicio vaya decayendo por falta de mantenimiento y mejoras. Eso perjudica la calidad y la fiabilidad del servicio, con lo cual empezará a perder viajeros. A la que se pierden viajeros, se justifica la reducción en el servicio, con menos trenes y/o trenes más cortos. Esa reducción en el servicio a su vez causa más pérdidas de viajeros. Se ha creado, pues, un círculo vicioso de empeoramiento del servicio, y hemorragia de viajeros. Eventualmente se llega al punto de poder justificar el abandono de la línea.

La reacción de muchos ante la situación en Extremadura ha sido exactamente la que se esperaba el gobierno: Gente que dicen que ya no cogerán el tren. Evidentemente no tiene caso esperar de la gente que utilicen un servicio tan deficiente, pues ante la intención de perjudicar el servicio ferroviario, por mucha gente que utilicen el tren tampoco iba a significar una mejora de la calidad del servicio. Obsérvese como ejemplo de eso la línea Barcelona-Tarragona-Tortosa, la única línea de Media Distancia que gana dinero en toda España, y cuyo servicio es igual de deficiente que cualquier otra línea regional; encima se le sumará el cierre de dos estaciones que suman alrededor de medio millón de viajeros, como si alguien se esperase seriamente que fuesen todos a ir a la quinta porra a coger el tren en lugar de ir en coche. Los alcaldes en cuestión saben perfectamente lo que ocurrirá, y es lo que quieren al fin y al cabo. Reciben presiones (y quien sabe si sobornos) para que trabajen para la destrucción del transporte público.

Evidentemente los políticos, mentirosos profesionales, jamás admitirían esta miseria moral en su comportamiento. Ellos se llenan la boca de su compromiso por el transporte público. Al fin que mentir no requiere de mucho esfuerzo más que leer un argumentario que no vale el papel sobre el que está impreso. El problema está en las hordas de gente cuya capacidad intelectual es tan reducida que son incapaces de darse cuenta de semejante obviedad, y hacen caso a la verborrea sin importar que los actos de esos mismos políticos van frontalmente en contra de sus proclamas.

Nos están tomando el pelo. No les interesa que tengamos unos trenes en condiciones. El gobierno, o más bien los gobiernos de todos los colores trabajan por el desmantelamiento del tren convencional, que para ellos no es más que un gasto inútil. Y eso no cambiará mientras que la gente le siga riendo las gracias a sus mentiras y falsedades, y sobre todo a esa ruina nacional que es el AVE.

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