Movilidad y mentalidad

En el debate sobre el transporte público en Barcelona y en Catalunya surge a menudo una pregunta, que es por qué los servicios de transporte público son tan insatisfactorios, pese a la enorme inversión que reciben. La respuesta a esa pregunta es una de esas respuestas relativamente sencillas, pero muy incómodas: Tenemos un problema de mentalidad. Es de ese problema del que derivan todos los demás.

Hace uno días, Ricard Font, presidente de FGC, inauguraba en L’Hospitalet una exposición llamada “Records ferroviaris”. Se cita a Font diciendo “la exposición que hoy inauguramos pone en valor la evolución del tren como símbolo de progreso y modernidad.” La ironía o absurdidad de todo esto es que simultáneamente hay en marcha unas obras con factura de cientos de millones de Euros dedicadas a soterrar ese símbolo de progreso y modernidad en Sabadell. Y eso sin mencionar la infinidad de otras obras de ese tipo llevadas a cabo por FGC a lo largo de su corta existencia. De hecho, se han soterrado muchos más kilómetros de vías de lo que se ha construído de nuevas líneas. Uno pensaría que semejante símbolo de progreso y modernidad se querría hacer visible, pero no, se esconde como si fuera la mayor vergüenza de la sociedad.

A estas alturas, lo que dicen los políticos sobre el transporte público no requiere tener ninguna relación con la realidad. Todos hablan de lo mucho que les importa el transporte público, mientras que hacen lo absolutamente mínimo por mejorarlo, y cualquiera de esas mínimas mejoras se nos vende como un enorme acontecimiento, si es que jamás llega a llevarse a cabo. Que mejor ejemplo que el tranvía de la Diagonal, supuestamente apoyado por tantas fuerzas políticas, pero acto seguido boicoteado por todo tipo de motivos y excusas.

Pero lo sorprendente es que precisamente esas excusas calan con la población. Los seguidores de cada partido repiten las excusas que presenta el respectivo argumentario, sin importar lo inverosímiles. Pocos se atreven a críticar, muchos que expresan una determinada opinión sobre la materia son englobados en los seguidores de un determinado partido o ideología.

Este fenómeno va mucho más allá del transporte público. Es sabido que los humanos tienen una tendencia a seguir opiniones e ideas percibidas como predominantes. Dicho burdamente “preferimos estar equivocados juntos, que tener razón solos”. Consecuentemente, una vez que se crea la impresión de que una opinión predomina, esa opinión se extenderá entre amplios segmentos de la población. Es aquí donde entran en juego los medios de comunicación. La opinión publicada tiene mucha influencia, porque tiende a ser asimilada como opinión pública. En su origen, la prensa debía ser un reflejo de la opinión pública. En España, donde la prensa es de las peores de toda Europa, la influencia política en los medios de comunicación es evidente, y contamina hasta el debate sobre la movilidad. Se crean polémicas completamente inventadas como la del tranvía, la oposición al cual sería irrelevante si no fuera atizada constántemente por la prensa. Se crean aficiones exageradas como con la línea 9 del Metro, halagada como el súmum del transporte público que nos viene a resolver todos los problemas. Y se crean tergiversaciones sobre la situación de Renfe, empujando a la opinión pública a conclusiones absurdas en torno a las necesidades del servicio.

Venimos de una cultura que no fomenta el pensamiento independiente, ni la desconfianza ante ideas oficialistas. Una cultura que desprecia a la inteligencia, y aplaude el seguidismo. El documental sobre Rodalies emitido por TV3 hace pocas semanas es un ejemplo vergonzante, donde se presentaba una sucesión de políticos opinando sobre lo que falla y lo que hay que mejorar en Rodalies, gente que probablemente en su vida habrán utilizado con regularidad los ferrocarriles, y que no tienen ni la más mínima idea sobre las necesidades de los viajeros o de la explotación. Y a la postre se presenta como solución una serie de medidas decididas por la política, y de muy dudoso acierto. ¿Que clase de periodismo se supone que es este, que no cuestiona el poder sino le da la razón sin rechistar? Eso no es periodismo, es propaganda, un miserable publirreportaje.

Pero lo verdaderamente doloroso es que la ciudadanía acepta esto. No hay la valentía de poner en evidencia este tipo de tomaduras de pelo. No importa cuantos argumentos objetivos o científicos se llegaran a ofrecer. La realidad es irrelevante, porque preferimos equivocarnos juntos a tener razón solos. Por eso los políticos pueden permitirse ignorar la realidad en su proclamas, porque tienen un ejército mediático a su servicio que bombardeará a la ciudadanía con esas ideas, hasta que finalmente nos rindamos ante esa post-verdad.

La insatisfacción de los usuarios del transporte público es redirigido y focalizado tal y como le interesa a la política, convirtiéndose en un arma involuntaria en las interminables escaramuzas del poder, a las que no interesa en lo más mínimo la movilidad sostenible salvo como medio para un fin que nada tiene que ver con nuestras necesidades. A su vez, se crean unas expectativas ridículas, inalcanzables. Soterramiento sistemático de todas las vías, trenes exclusivamente de última generación, macroestaciones (también soterradas) con las que reemplazar infraestructuras existentes y útiles, trenes regionales a 200 km/h…

Es preocupante lo fácil que es instrumentalizar a la ciudadanía de esta manera. No parece existir la consciencia de que el pueblo debe fiscalizar a los políticos, y no reirles las gracias a todas las propuestas que hagan, sin importar lo descabelladas que sean. España se está gastando mucho, mucho más dinero que países como Alemania en infraestructuras de este tipo. Pero apuntar a un hecho que con tal claridad evidencia unas políticas desmesuradas e inasumibles solo surgen nuevas excusas: “Esque no podemos tener cosas buenas”, “Esque si no hubiera corrupción”, “Esque vamos muy atrasados y tenemos que modernizarnos”, “Esque en Madrid las calles están pavimentadas con oro”, “Esque nos lo merecemos”… Frases que suenan muy bien a la mente frustrada, pero que no ayudan a resolver nada. Nacen de la voluntad política de generar gastos públicos desmesurados, que beneficien a empresas amigas del gobierno, y que vendan la soberanía del país a los estamentos financieros.

Este fenómeno es característico de las sociedades inmaduras, donde estos mensajes de pensamiento cortoplacistas calan sin mayor resistencia. Cuando las sociedades maduran a nivel político y democrático, se da otro fenómeno, que es que se cuestionan esas ideas oficialistas. Se contrastan con los argumentos, no con la opinión pública, y el seguidismo da lugar al razonamiento. Es en ese momento que los políticos se comienzan a replantear sus proclamas de promesas megalómanas, no antes. El estadismo prevalente en nuestra sociedad en cambio comete el penoso error de esperar que sean los políticos los que cambien de parecer, que lideren el pensamiento en contra de la opinión pública. Eso es impensable, y probablemente uno de los fundamentales defectos de mentalidad que acaban por lastrar la situación de la movilidad y del transporte público. Los políticos modernos no son líderes, son populistas por definición, ya que buscan alcanzar el poder acercándose a las ideas populares, y no imponer ideas mejores. Es el pueblo el que debe liderar en la batalla de las ideas, algo que rara vez queda claro, y da lugar a convertirse en siervos involuntarios, engañados a pensar de que están siendo debidamente representados, cuando es el pueblo que está asumiendo ideas que se le imponen. Evidentemente, es muy difícil que una masa de personas establezca ideas claras y se las imponga a un estamento político que a su vez tiene a su disposición un ejército mediático que impone ideas a ser asumidas por la población.

Por todo esto, sólamente resta la opción del conocimiento, de la educación y la argumentación. Cuando el pueblo comienza a desarrollar sus propias conclusiones, estas empiezan a asemejarse según los ideales que persiguen. Por esto, entre los partidarios de la movilidad sostenible las discrepancias son leves, amistosas y constructivas. No como entre los políticos, todos ellos grandísimos defensores a ultranza del transporte público, que no dejan de poner palos en las ruedas al mismo, y con ideas de como llevar a cabo sus ideales que son frontalmente opuestas. Ahí es donde se evidencia su farsa a todo aquel que se ha informado por su cuenta.

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