El complejo de inferioridad es mal consejero

Si hay una constante cultural que se puede apreciar en la gestión de los transportes públicos por estas latitudes, sin duda alguna se trata del complejo de inferioridad. Posiblemente haya mencionado ya previamente como el complejo de inferioridad es intrínseco al carácter latino. Probablemente se podrían escribir tésis doctorales sobre el orígen de ello, si es por la cuestión histórica de haber visto desmoronarse el imperio Español mientras el Inglés prosperaba, o si es porque el egoísmo, la corrupción galopante y la sobrerregulación (a su vez originada por el complejo) impiden eternamente que el país alcance la prosperidad, generando envidia hacia aquellos países que sí han sabido adecuarse a las exigencias del mundo post-industrial. En cualquier caso, el hecho es que tanto en el pasado como en el presente y probablemente en el futuro, los transportes públicos, y de hecho la movilidad en general, se ha gestionado en clave de unos complejos de inferioridad de un nivel que causan una insoportable vergüenza ajena a todo aquel que, consciente de la condición cultural, observa los despropósitos que nacen de esa visión acomplejada.

Ejemplos concretos hay a mansalva, no terminaríamos, quizás uno de los elementos clave es la imperiosa y constante necesidad de ocultar de la vista todo aquello que parezca transporte público como si, cual juego de párvulos, tuviera la peste y se lo pasa a todo aquel que se acerca. Y claro, no vaya a ser que se contagien la gente de bien con la “peste” del transporte público. Un ejemplo muy tópico es evidentemente el del tranvía. La oposición al tranvía no tiene absolutamente nada de nada que ver con consideraciones técnicas de ningún tipo, salvo en materia de afectación a los coches. Pero ni siquiera es esa la razón primordial para esa oposición tan vehemente. No, la oposición tiene que ver con un tema ideológico de complejos por el hecho de que el tranvía convierte el transporte público en un elemento primordial del urbanismo. Y eso le rompe todos los esquemas al hispano acomplejado que aún en pleno siglo XXI piensa que presentar de forma visible el transporte público es cosa de pobres, de comunistas bolcheviques soviéticos que no tienen dinero para ir en coche como en los países modernos y pudientes. Aún recuerdo esa intervención absolutamente lamentable del sr. Lluís Permanyer donde afirmaba que “no haría pasar un tranvía por el salón de su casa”, ante lo cual solo cabe preguntarse si ese personaje honestamente aparca su coche en medio del salón de su casa, o si permitiría hacer pasar una carretera por el salón de su casa. Es de un nivel de estupidez esa afirmación que cuesta aguantarse los expletivos. Es el problema ante los puntos de vista emocionales, y no racionales, que en las esferas latinas constantemente intoxican todo debate. La oposición del sr. Permanyer al tranvía, como la de tantos otros que argumentan desde la más pura emocionalidad (viene a mente por ejemplo el sr. Quim Monzó, con su grandioso argumento de “no entiendo por qué no usan un bus”, pues no, sr. Monzó, me queda claro que no entiende por qué), obedece principalmente, de forma consciente o subconsciente, a esa visión tan acomplejada de la movilidad, donde aparentemente hay que demostrarle algo a alguien mediante la ausencia visible de transporte público y presencia constante de automóviles.

Obsérvese por ejemplo que España es el único país del mundo, sí, el único, en el que existe la idea de que el ferrocarril tiene que ser soterrado sistemáticamente en toda zona urbana. A una persona mínimamente culta y viajada le resulta incomprensible de donde ha surgido esa idea, pero lo que está claro es que no responde a una visión racional de la gestión de la movilidad o de la economía. Por eso Alemania, la “locomotora de Europa”, ni siquiera se plantea remotamente el soterramiento ferroviario como otra cosa que una solución excepcional, como tampoco lo hace el que probablemente sea el país más pudiente del continente, Suiza. Siempre recuerdo ese magnífico gag en Los Simpson, cuando Homer pretende montar una empresa de informática, y en seguida aparece Bill Gates con unos matones que le destrozan su improvisado despacho casero, siguiendole la afirmación del sr. Gates: “No me hice rico firmando cheques.” Pues eso, Alemania no se hizo rica tirando su dinero en soterramientos. Pero luego también el carácter Alemán, siendo Alemania un país nacido como tal en plena revolución industrial, no tiene esos complejos ante los transportes públicos. Por eso un viaducto ferroviario de cuatro vías atraviesa todo Berlín de este a oeste, mientras que en Barcelona hubo mucho ímpetu de tapar la trinchera ferroviaria de la calle Aragó, que, al ser una trinchera, ni siquiera dejaba el tren a la vista. Y mientras en Alemania (por ejemplo, pero en muchos países más) hay un consenso casi unánime de que fué un error cerrar indiscriminadamente redes de tranvía, aquí sigue muy implantada esa idea de que fué un exitoso paso hacia la modernidad.

El complejo de inferoridad suele nacer de una sobrecompensación de lo que se percibe como una debilidad. En el caso de la movilidad, se puede entender claramente que el complejo es por la idea de que el transporte público es cosa de “pobres”, y que el coche es cosa de “ricos”, y que por tanto si el transporte público es visible y esta presente, esto denosta una sociedad pobre, y en cambio si abundan los coches eso es símbolo de una sociedad pudiente, donde impera la abundancia, como en esas visiones vomitivamente endulzadas de la familia estadounidense de los años 50, viviendo en su “McMansion” hortera, en un suburbio despatarrado que induce al aislamiento y la depresión, y con dos coches en un garaje que ocupa una proporción significativa de ese bungalow glorificado. España, el último refugio del sueño americano.
Al mismo tiempo, esa sobrecompensación acomplejada nace de la inseguridad, y la voluntad que genera de demostrarle algo a los demás. Aquel que es seguro de si mismo no necesita demostrarle nada a los otros. Por eso en Suiza, por ejemplo, lejos de querer demostrarle al mundo su riqueza llenando sus ciudades de coches, no les importa que sea el transporte público el protagonista, incluso por delante de peatones y bicis. En lugar de demostrarle a los demás lo ricos que son mediante la ostentación, lo hacen mediante el civismo y los servicios públicos. Por desgracia, de este lado de los pirineos no parecemos tener la capacidad intelectual para llegar a esas conclusiones, y nos quedamos con que “si le demuestro a los demás que tengo dinero gastándomelo a lo tonto, seguro que se creerán que soy rico, y así oculto el hecho de que soy pobre y que me hace avergonzarme y odiarme a mi mismo”. Y, sin querer ser altivo, para los que sí tenemos dos dedos de frente esa farsa es puro cartón piedra. Hacer ostentación es la mejor manera de gritar a los cuatro vientos que se es un muerto de hambre que además se avergüenza profundamente de serlo. Y eso, la verdad, da bastante lástima.

Mientras la movilidad se siga gestionando desde esa visión tan acomplejada, jamás se alcanzará una situación remotamente satisfactoria, porque la mejora de todo transporte público se convierte en una gran quimera y/o un gasto exorbitado: En lugar de mejorar el servicio de tren y ampliar las vías, se gasta en soterrarlo. En lugar de 10 km de tranvía, se hace 1 de Metro (o menos). En lugar de tener un servicio de bus conveniente tenemos el más lento de Europa. Si todo el dinero que se ha gastado en soterrar trenes, en la L9, o en grandes infraestructuras viarias se hubiese utilizado para realmente mejorar el transporte público de forma desacomplejada, con unas infraestructuras prominentes y centrales al urbanismo, podríamos tener un transporte público puntero en Europa, que Europa, en el mundo! En lugar de eso estamos como niños pijos malcríados, discutiendo si hay que soterrar las vías que llevan siglo y medio en L’Hospitalet o Montcada, si ponerle un cajón a las vías en Sants para contentar a los vecinos (que ahora, para colmo, se quejan del cajón), si hacer la línea de Metro más larga de Europa para una ciudad mediana y compacta, si el carril bus o el carril bici estorban a los coches, o si somos demasiado finos para la gestión privada del tranvía y por eso no lo hacemos. Todo ello debates estériles, que no obedecen en ningún caso a consideraciones serias, racionales, sino a pijerío, egoísmo, sectarismo, delusiones de grandeza, etc..

La idea de que cualquier medida que tome la administración pública debe beneficiar a absolutamente todo el mundo sólamente puede calar en una sociedad con graves deficiencias intelectuales, y quienes la promueven son los verdaderos populistas que están, conscientemente o no, sembrando la discordia para rascar unos cuantos votos. El bien común requiere casi siempre algún pequeño sacrificio por otro lado, como que ir en coche sea menos conveniente a cambio de que el transporte público mejore enormemente, como aguantar las vías en el pueblo a cambio de ahorrarse MILES DE MILLONES que costaría el soterramiento, o también ir en un tranvía que será un poquito más lento que el Metro pero cuya construcción y mantenimiento costará una fracción de lo que cuesta el Metro. O bueno, sino vamos a por el café para todos como hemos estado haciendo hasta ahora, y acabamos pagando unos impuestos nivel Suecia para unos servicios públicos nivel Marruecos. ¿De verdad es tan difícil entender que toda obra pública se acaba pagando del mismo sitio: de nuestros impuestos? Porque parece que aún hoy en día mucha gente parecen pensar que ese dinero cae del cielo, y que por eso hay que pedir más, más y más gasto en ese tipo de pijerío, alcanzando niveles que no tienen parangón en todo el planeta.

Mientras sigamos con esta actitud soberbia y acomplejada ante los retos que presenta la movilidad, y ante los cuales parece que damos un paso adelante y dos hacia atrás, jamás alcanzaremos algo más que la mediocridad actual. Viajamos a Holanda o Alemania y decimos “ay que buen transporte público, ay que cómodos estos tranvías que van a todas partes”, pero luego lo mismo no nos vale para casa nuestra, como si habiendo visto lo que hacen los otros sea doblemente motivo para hacer ostentación, como si pensásemos que al no incurrir en ese comportamiento tan hortera los demás nos lo estarían poniendo fácil. Y mientras vamos por ahí creyéndonos lo más porque la tenemos más larga que los demás (la línea de Metro, digo), los otros no les queda más que reír o sentir lástima ante el español tontito que se cree que engaña a alguien con sus gastos absurdos, y que sólamente causa confusión ante por qué una sociedad tan miserable y empobrecida se está gastando el dinero tan estúpidamente para intentar convencer, futilmente, de que es algo que no es.

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