¿Por qué defienden al matón?

Imaginen la historia de un niño que sufre a manos de un matón en el colegio. Como es habitual, los padres responden buscando hablar con algún responsable de la escuela. Una vez ahí, el director del centro les dice: “Sí, es verdad que hay un matón que abusa de su hijo. Así que le propongo que su hijo no se le acerque y no vaya a la zona que el matón ha decidido que es “su territorio”. Si el matón le llegara a pegar igualmente, su hijo deberá aguantarse y esperar a que el matón decida que ya no le quiere pegar.” Los padres se preocupan, como no. “¿Pero no van a expulsar al matón?” Pregunta la madre. “No, en absoluto. Lo que haremos es que les diremos a todos los estudiantes que se limiten a una zona del patio que consiste en un 30% del espacio, para que los matones puedan estar tranquilos. La mejor forma de lidiar con un matón es dejándole en paz y no cruzándonos en su camino, nunca decirle que lo que hace es malo, porque podría ofenderse. Y no queremos herir sus sentimientos, ¿verdad?”

Suena como una anécdota ridícula, pero así es como nos comportamos con el matón urbano por excelencia. En la ciudad, como en el patio del colegio, también existe el fenómeno del matón. Un transporte que exige para sí más de dos tercios del espacio público, aunque no lo usan ni una cuarta parte de los desplazamientos. Un transporte que asfixia y ensordece a los demás a su paso, mientras que sus ocupantes estan cómodamente aislados de los ruidos y malos olores a los que someten a los demás. Un transporte que mata, que atropella, que nos obliga a pasar miedo cada vez que entramos en “su” territorio. En definitiva, el vehículo a motor es el matón de las ciudades, pero con la diferencia de que en lugar de intentar pararle los pies y ponerlo en su sitio, parece que todo el mundo se ha vuelto loco y hace todo lo posible para agasajarlo y mimarlo, esperando que así la paliza vaya a ser más leve.

Es fascinante como funciona la manipulación mediática en base a la omnipresencia del mensaje. Durante décadas, empezando en EE.UU. en los años 20-30, y expandiéndose progresivamente por europa, se fué instaurando esa idea de que abrirle paso al matón de la ciudad era lo correcto de hacer, y que resistirse era un crimen contra el progreso. En lugar de criminalizar a quien atropella, se criminalizó a quienes cruzan indebidamente, reduciendo la ciudad a una especie de Venecia distópica y sin encanto donde sólamente se puede deambular por los islotes de acera y los pasos de cebra a modo de puentes para cruzar los canales de asfalto. Promoviendo esa idea a través de los medios de comunicación fué posible hacer aceptar a la sociedad algo que iba en contra de sus tradiciones, su cultura, e incluso la vuluntad de una mayoría de gente, de los que sin embargo muchos lo acabarían viendo con buenos ojos por estar convencidos de que era la mejor solución.

Resulta que el problema lo son todos los demás, pero nunca los coches ni las motos. Algunos rotativos como La Vanguardia incluso tienen la desvergüenza de apuntar a la bici como el gran problema de convivencia urbana. Cuando resulta que entras en conflicto con todo el mundo quizás el problema no sea todo el mundo, sino tu. Pero no. No es el coche el causante de los problemas, siempre es otro. Si hay tráfico, es culpa del carril bici, del carril bus, del semáforo, de la superilla, de la Colau, o de mi abuela, pero nunca de los mismos coches que son los que constituyen el mismo embotellamiento. No importa caer en el espantoso ridículo de que hasta hace cuatro días no había casi carriles bici en Barcelona, como si el tráfico fuera un fenómeno reciente. Parece que toda la ciudad solo se puede definir en función de lo que le interesa al matón. Una minoría de gente tiene sometida a toda la ciudad, pero pese a ser mayoría suscribimos las falaces tésis del matón, de que si le molestamos en lo más mínimo solo será mucho peor la paliza.

Es impensable que un pequeño blog como este pueda revertir el trabajo de desinformación que se ha hecho a lo largo del último medio siglo, además a golpe de talonario de algunas de las mayores multinacionales del mundo. Sin emargo, animamos a la gente a que reflexione sobre la lógica de las cosas previo a asumir que un relato que se nos presenta como mayoritario (aunque únicamente es mediático, dos cosas bien distintas) tiene que ser el correcto. Por mucho que nos saturen nuestra percepción, no pueden saturar nuestra capacida de pensamiento empírica (asumiendo que la tenemos, claro). Hay muchos intereses detrás de la desinformación, y muy pocos detrás de la información, porque nadie gana dinero con una ciudad habitable y con una movilidad sostenible. Los ciudanos ganarán calidad de vida, ahorro, salud, tiempo, comodidad… pero eso no le da dinero a ninguna gran empresa. Recuérdenlo siempre.

 

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