¡Que vienen los economistas!

Eramos pocos, y parió la abuela. No bastaba con el debate de bajísimo nivel que tenemos que soportar sobre la movilidad, sino que ahora han decidido sumarse los economistas. Hemos tenido al sr. Gay de Liébana explicarnos en un vídeo el horror de los carriles bici, que son muy malos porque perjudican a la industria automóvil. A esas filosóficas reflexiones se le sumó el telegénico Gonzalo Bernardos, comentando de forma muy científica en Twitter que por “algunos” carriles bici “dud[a] que pasen de 50 al día”. En otros momentos del pasado, los economistas nos deleitaron con su estudio hecho a encargo de CiU para desmentir no el proyecto del tranvía, sino otro estudio hecho para defenderlo. Se suceden los esperpentos.

Parece que a los economistas, sobre todo aquellos que se pasean con excesiva frecuencia por los platós de televisión, les ha dado el síndrome de tertuliano, donde se han creído que su opinión sobre cualquier cosa es de alguna forma relevante. Pensar que porque todo se relaciona de alguna forma con la economía esto les convierte en autoridades sobre todo es tan absurdo como pensar que lo mismo vale para un antropólogo con cualquier cosa relacionada con el ser humano. Los economistas pueden dar asesoramientos sobre movilidad desde su punto de vista, pero eso no les convierte en ningún tipo de autoridad sobre modelos de movilidad. Ocurre una de esas paradojas económicas con la movilidad donde determinadas inversiones parecen ir a fondo perdido, pero en cambio evitan determinadas externalidades mucho más graves. El ejemplo básico es el de cualquier línea de tren deficitaria, que son la mayoría. Si desaparecieran las líneas de tren, el día de mañana el tráfico sería tal que haría literalmente imposible acceder a la ciudad. Sin embargo, eso no se contabiliza en el coste de operación de esos trenes deficitarios. Y así, todo.

Cuando estos economistas hablan de movilidad, incluso un profano aficionado nota que no tienen entendimiento de causa. Generalmente es tan sencillo como que la realidad les desmiente. Quejarse a día de hoy de carriles bici es de un provinciamismo espectacular, sencillamente porque hay numerosas ciudades que tienen la bici como elemento esencial en su reparto modal, sin que esto sea ninguna utopía, y no sólamente ciudades llanas. La queja del sr. Bernardos de que por los carriles bici con mucha cuesta pasan pocas bicis raya lo infantil: La zona de montaña ha sido la última en dotarse de carriles bici, y sin carriles bici ¿de donde van a salir las bicis? Si el sr. Bernardos tuviera una tienda, creo que le costaría asesorar que nuevos productos ofrecer en base a cuales de esos productos compra la gente — porque si no los ofrece, ¿como narices van a comprarlos? Buscar la excusa de la cuesta es un poco como eso que hacen los políticos de poca monta, que cuando se pretende aplicar algo que tienen infinidad de precedentes locales y/o foráneos se inventa alguna excusa por la cual esta vez será la gran excepción donde eso no funcione.

Las preocupaciones del sr. Gay de Liébana, a su vez, ya rozan lo decimonónico. Sugerir que hay que detener el progreso porque le perjudica a una determinada industria es algo insólito que escuchar de boca de un economista. ¿Que clase de modelo defiende este señor, donde toda la sociedad tiene que ponerse al servicio de una determinada industria, incluso a costa de su salud y calidad de vida? Me imagino que aquí se podría esperar una respuesta del tipo que reduciendo carriles para coches habrá más tráfico, y si vamos a empezar con tamañas falacias pues apaga y vámonos.

Luego, la idea de mantener a flote la industria automotriz a base del consumo autóctono ya es simplemente un insulto al intelecto y al propio país, tratándolo como un mero vertedero de mercancía y aceptando la incapacidad de enfocarlo en la exportación, como sí supo hacer Alemania, que tiene la mayor industria automotriz en Europa sin tener que haber hinchado sus ciudades a coches para eso. Además de que la tasa de motorización en Suiza, por ejemplo, país con la mayor tasa de uso de ferrocarril, no se aparta significativamente de la media Europea, la diferencia siendo que el uso del coche se hace de forma más racional.

Con sus puntos de vista tan poco razonados, que denostan ignorancia al contradecir los amplios precedentes que les contradicen, estos economistas inspiran poca credibilidad, y parecen sumarse más bien al sobreabundante cuñadismo en el trato de una materia tan importante como la movilidad. Es muestra de un lamentable provincianismo la falta de capacidad o voluntad de educarse siquiera sobre los abundantes ejemplos de variados modelos de movilidad que hay en Europa, que es posiblemente una de las regiones del mundo donde más desarrollada está la movilidad sostenible. Hay ejemplos de ciudades donde la bici tiene un papel fundamental, como Ámsterdam o Copenhague, o muchas otras ciudades en Holanda o Dinamarca. Hay ejemplos de ciudades que han convertido en protagonista al transporte público, como hacen Zúrich y Viena con sus tranvías y trenes o metros. No todas las ciudades donde la bici tiene prevalencia en la movilidad son llanas, y no todas las ciudades con tranvías son poco densas.

Conociendo otros ejemplos, uno puede sacar conclusiones de que algunas ideas que se nos quiere decir que son absurdas, como poner carriles bici, quizás no son tan absurdas sino que sólamente requieren una aplicación consecuente y no esperar resultados a los cuatro días cual criatura impaciente. En los países serios, los proyectos de movilidad se hacen a 10, 20 o 50 años vista, y se les da una oportunidad de ser concluidos antes de juzgar su éxito o fracaso. Claro que los países serios lo son porque abunda la gente seria, y no economistas de poca monta que buscan la demagogia barata a partir de un miserable carril bici. Todas esas cosas se aprenden viajando. Se lo recomiendo a nuestros ilustres economistas.

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One response to “¡Que vienen los economistas!

  1. Suscribo cada palabra de lo que dices. Absolutamente cada una de ellas. Es increíble como supuestos profesionales de la economía sueltan argumentos que no suelta ni mi cuñado (que es muy cuñado).

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