Demanda inducida, el heliocentrismo del s. XXI

Fué en 1633 cuando la santa inquisición finalmente obligó a Galileo Galilei a retractarse sobre sus heréticas teorías heliocentristas – las que afirman que la Tierra gira alrededor del sol y no viceversa – y aceptar la verdad impuesta por la iglesia de que la Tierra es el centro del universo y el sol gira a su alrededor. “E pur si muove”, habría dicho Galilei, “Aún y así, se mueve.”

Casi cuatrocientos años más tarde miramos aquella anécdota con una cierta arrogancia: “Que burra era esa gente, que ignoraban lo que decía la ciencia.” Miramos ejemplos como el eternamente denostado Donald Trump, y apuntamos el dedo diciendo que vaya un ignorante que no hace caso a la ciencia climatológica.

Sin embargo, cuando llegamos a un tema muy específico, que es el del tráfico en nuestras ciudades, entonces resulta que todo sentido común y entendimiento de la ciencia se vuelven secundarios, y son sustituidos por la santa inquisición del coche, la que nos impone cual es la realidad aún por encima de la ciencia.

Un poco como Galileo Galilei se debió haber sentido el técnico de movilidad que en una de las comisiones del tranvía de la Diagonal dijo que el tráfico se evaporaría. La inquisición política se rasgó las vestiduras, y le siguió la inquisición mediática. ¡Como osaba ese señor sugerir que el tráfico se evapora! ¿Pero a donde irán los coches, volarán? Sin darse cuenta, los políticos de la oposición, principalmente del PP, Ciutadans y el PDeCat, por qué no decirlo, se habían convertido en el equivalente moderno de la santa inquisición, la gente que sustenta el poder imponiéndole a un señor de la ciencia cuales deben de ser sus conclusiones. La prensa le siguió la estela a los santos inquisidores de la derecha municipal, y decoraron con suculentos titulares sus portadas locales, mofándose de ese Galileo Galilei del tráfico.

Y entre todo ese esperpento inquisitorial uno se pregunta como podemos haber quedado reducido a ésto, a una sociedad que niega la evidencia científica cuando no le gustan sus conclusiones, exactamente lo mismo que hizo la inquisición con Galilei. Nos mofamos abiertamente de los “negacionistas” del cambio climático, pero aquí tenemos a nuestros negacionistas de la demanda inducida.

La demanda inducida no es brujería, como piensan los inquisidores modernos, negacionistas de la ciencia. La demanda inducida fué descrita por primera vez hace casi medio siglo, en 1969, en el libro “Road Accidents: Prevent or punsh” (Accidentes de tránsito: prevenir o castigar) del afamado ingeniero de caminos inglés J. J. Leeming. Describía como nuevas vialidades o baipases generaban tráfico, en el sentido de que inducen a la gente a tomar el automóvil por la mayor facilidad aparante de usarlo. A lo largo de las siguientes décadas se han hecho infinidad de estudios que han demostrado de forma contínua y sistemática que sus conclusiones eran completamente correctos, con ejemplos tan extremos como la demolición de una autopista elevada en el centro de San Francisco que no causó prácticamente nada de tráfico desviado.

Si hacemos caso a la ciencia, no hay absolutamente ningún fundamento para alegar que reducir carriles fuera a causar más tráfico, de hecho ni siquiera hay fundamento para negar que reducir carriles fuera a reducir el tráfico. Es una evidencia científica de la magnitud del heliocentrismo. Y es cuestionada por la misma razón: Porque no es una conclusión aparente. Al ser humano ignorante, la simple observación le dice que el sol gira alrededor de la Tierra, y es necesario el pensamiento complejo, siguiendo el método empírico, para llegar a la conclusión de que lo que parece obvio, no es así. Ocurre lo mismo con la demanda inducida, y su inversa la demanda reducida o evaporada. Si vemos una calle llena de coches, la lógica ignorante nos dice que si reducimos un carril, habrá aún más saturación. Pero, de nuevo, es el pensamiento complejo y el estudio siguiendo el método empírico el que nos ha demostrado que no es así, y que reducir carriles tiene el efecto inverso, de inducir a la gente a no tomar el coche, y por tanto reduce el tráfico y la congestión.

Decir que reducir carriles fuera a causar tráfico es una negación de la ciencia del calado de decir que el sol gira alrededor de la Tierra. Sin embargo, la primera de esas afirmaciones está plenamente aceptada en la sociedad, mientras que la segunda seguramente sería motivo de mofa. ¿Por qué? De salida, por un motivo muy sencillo, que es la presión de grupo. Al haber mucha gente que comparte esa idea, ya solo la fuerza en números de los ignorante es suficiente para reafirmar a éstos en su ocurrencia. El ser humano por su naturaleza tiene una cierta mentalidad de rebaño, pues somos seres sociales y en el fondo buscamos la consonancia con los demás humanos. Pero esa no es la explicación definitiva de ese fenómeno. Cabe preguntarse: ¿Por qué persiste una idea tan contraria a la ciencia, desmentida hace medio siglo?

La respuesta a eso es sorprendentemente sencilla: Hay una amplísima y contínua campaña mediática para promover esa idea. Esa campaña responde a los poderosísimos intereses económicas de la industria automotriz y la plétora de industrias auxiliares a ésta. Medios de comunicación supuestamente reputados ignoran por completo la evidencia científica para dar lugar a artículos, columnas y opiniones que se toman como un hecho el dogma anticientífico de que reducir el espacio vial causará tráfico. La misma campaña también se extiende a la esfera política, donde se utilizan presiones, chantajes y sobornos para “convencer” a los políticos de las tésis inquisitoriales del lobi del automóvil. El colofón de todo este teatro son las contínuas acusaciones hacia los defensores de la movilidad sostenible, la ciudad humana y el aire limpio de conspirar juntos con la industria del transporte público para fastidiar a los pobres automovilistas. Siguen, pues, al pie de la letra el manual de la propaganda de Josef Goebbels, que indica que es fundamental acusar a tus enemigos de lo que haces tu, con tal de desacreditar la posible contraacusación previo a que esa ocurra. La acusación se cae por lo absurda que es, ya que no existe nada parecido a una “industria del transporte público” como tal, sino que se limita a un puñado de empresas (sobre todo si no contamos los fabricantes de buses) que la mayoría se la pasan al borde de la rentabilidad económica. ¿Los promotores de la movilidad sostenible? El gobierno (cuando hay suerte), y algunas asociaciones. Ya se sabe que es ahí donde se mueve el dinero, y no en la industria automotriz que mueve miles de millones al año.

Por desgracia, a mucha gente les es comodo creerse las mentiras fácilonas, sobre todo cuando al hereje se le amenaza con el fuego eterno del infierno que será el colapso circulatorio que inevitablemente llegará si se hace caso a las tésis de reducción de espacio vial. No importa cuantas veces ya se ha anunciado ese colapso y jamás ha llegado, no importa que todas esas veces que se ha anunciado el colapso vial a la larga haya ocurrido la inversa, que el tráfico global ha disminuido, todo da igual. La realidad da igual. El lobi del coche ha conseguido crear una fé, una creencia ciega en sus tésis contrarias a toda ciencia y a toda lógica empírica, haciéndo caso más a las emociones, emociones generadas de forma calculada para beneficiar el interés del coche. Este pueblo que mira a Trump por encima del hombro incluye una muy significativa proporción de pequeños Trumps, que todos ellos están de acuerdo en negar la ciencia cuando las conclusiones no son de su agrado. Y quien diga lo contrario, a quemar en la hoguera por hereje, como nuestro Galileo Galilei de la comisión de la Diagonal. En definitiva, el heliocentrismo del s. XXI.

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