El (verdadero) suplicio del peatón

Por mucho que quienes van en coche nos cuenten milongas, el vehículo privado es el verdadero enemigo del peatón
Hipocresía infinita: Quienes aplaudieron la ciudad para coches durante décadas, ahora se presentan como defensores del peatón

Barcelona, en su historia reciente, tiene la desafortunada distinción de haber sido una ciudad muy poco amable con el peatón. A partir sobre todo de los años 60, el espacio dedicado al automóvil se fué comiendo las aceras, dejandonos ejemplos de calles tan tristes como Balmes, Aragó o la Av. Meridiana. La creciente popularidad de la moto pondría el colofón en el abuso sistemático al peatón, desacrando el poco espacio que le restaba para poder aparcar las motos, ese ingenio halagado como la solución al tráfico, que no era más que una fuente interminable de problemas y molestias para todos los demás.

Quien conoce Barcelona, la conoce de verdad y no desde el interior de una burbuja protectiva hecha de una tonelada (o más) de acero, no puede evitar percibir que se ha repartido el espacio público de forma un tanto desigual: En las aceras, se amontonan los peatones dificultando a menudo el paseo, los carriles bici en las zonas con una cobertura más completa ya se pueden ver repletitos de bicis, los transportes públicos, tanto en superficie como en el subsuelo, van abarrotados. Y mientras en todas partes vamos apretujados, resulta que en el centro de la calle observamos un torrente de automóviles, la mayoría con un solo ocupante, ocupan una cantidad obscena de espacio para mover a poquísima gente, gente que se mueve dentro de unas espaciosas burbujas de fierro. Y a esos coches se suman además las motos, que además de causar unos estruendos insoportables y emitir unos niveles de contaminación a menudo comparables a vehículos de mucho mayor tamaño, todavía tienen la poca vergüenza de aparcar, gratuitamente como no, en la acera, expropiándole al peatón otro tanto del poco espacio del que ya de por sí dispone.

Es difícil entender que un grupo reducido de personas pueda disponer de tanto espacio, y aún más difícil entender como pueden tener el santo morro de exigir más, o quejarse porque se les reduce mínimamente. Igual de difícil es entender por qué se ha instalado la idea de que la moto está por encima de toda regla de circulación, hasta el punto de que incluso la guardia urbana hace la vista gorda ante las sistemáticas infracciones.

Detrás de esta situación hay una intensa y contínua campaña de manipulación mediática. Hay importantes intereses económicos tras la hegemonía de la que goza el vehículo a motor, intereses que justifican plenamente la inversión en campañas de intoxicación. Esas campañas apelan a las emociones más primales del público más ignorante y maleable, con conceptos como el miedo al colapso viario, con su respectivo corolario que es la idea de que la moto reduce el tráfico por equivaler a una persona que no coge el coche. Básicamente se espera del ciudadano que esté dispuesto a ser rehén del motor de combustión, ante la amenaza de que si se le toca de cualquier forma sólamente será peor. Espectacularmente, hay una gran multitud de personas a quienes ese mensaje les cala, lo cual es un triste testamento a la ignorancia y la falta de ambición de mucha gente, dispuestos a aceptar que no se pueden hacer las cosas mejor.

Se nos quiere hacer aceptar que las aceras deben de ser párkings de motos, y que los usuarios del automóvil tienen derecho a dictarnos cuanto espacio se le otorga a su transporte, un privilegio del que no goza ningún otro usuario de la vía pública. Nos explican cuentos de la lechera de aquella gente que no tienen otra opción más que el automóvil, mientras se ignora a la gente que no tiene otra opción que el transporte público. La idea de que cada moto equivale a un coche menos es absurda en sí misma: si una persona opta por la moto, es porque el coche es inconveniente, ergo no tiene ninguna lógica asumir que a falta de conveniencia de la moto el coche sería la segunda opción. Pero no sólamente debemos tolerar esos trastos que son el incivismo hecho máquina, con su pestilente exhausto, su estruendo infernal y su constante invasión de las aceras, no, ¡además debemos darles las gracias! Me gustaría escupirle en la cara a quienes opinan eso de las motos, para luego decirle que no se ofenda, que me debe dar las gracias por no haberle dado un puñetazo. Así sabrá lo que siente un ciudadano cuyos sesos no se han podrido a consecuencia del cóctel que es el pamfletismo manipulador y el tóxico exhausto de los motores de combusión, tecnología que, por cierto, tiene sus orígenes no en el siglo XIX como se apunta del tranvía, sino en el siglo XVIII, con la máquina de vapor, gérmen de todo motor de combustión.

Es sobre todo fundamental no aceptar la ocurrencia de que la planificación en pos del coche es “técnicamente correcta”. Una de las falacias fundamentales en la manipulación mediática es establecer la idea de que existe una planificación puramente técnica y apolítica, y obviamente esa acaba respondiendo a los intereses del automóvil. Toda planificación de movilidad en una ciudad es política y sigue una ideología. Es importante tener eso claro con tal de entender que la planificación para coches no obedece a un estéril criterio técnico, sino a una finalidad clara que es la de fomentar el uso del automóvil. La inducción de demanda a consecuencia de la planificación es a su vez la “profecía autocumplida”, cuando al planificar en pos del vehículo privado aumenta también la demanda. Interesantemente, se ignora de forma sistemática el mismo fenómeno en cualquier otro modo de transporte, donde buses abarrotados de repente no justifican una infraestructura de más capacidad, ni a esa infraestructura se le asume que generará un aumento de demanda, como en cambio sí se justifica la ampliación vial en base a la congestión. Hablando en plata, los mismos que dicen que no hay que limitar el coche sino fomentar el transporte público, acto seguido se comportan como si fomentar el transporte público no fuera a generar un aumento de la demanda. Quizás deberíamos plantearnos llevar a disciplina olímpica los malabares mentales.

El pamfletismo y su hermano político que es el populismo sólamente se han acordado de los peatones cuando les ha interesado para atacar las políticas de movilidad sostenible. Los medios de comunicación callaron como putas durante décadas cuando se dinamitó sistemáticamente el espacio del peatón, y en cambio ahora pretenden instrumentalizar al peatón, que jamás les interesó ni un comino, con tal de defender con poca sutileza lo que realmente son políticas que tengan al automóvil en su centro.

Es importante no incidir en las noticias que pretenden imponer una narrativa falaz. Se nutren de la polémica que les supone publicidad gratuita. La reacción negativa no deja de ser buscada a modo de legitimación no del contenido, pero del medio en sí, que consecuentemente puede legitimar sus contenidos mediante esa misma publicidad negativa. En lugar de eso, es fundamental establecer narrativas veraces y que partan del interés por el peatón y la movilidad sostenible, que no por una defensa levemente velada del automóvil que se esconde detrás del peatón sin que haya realmente un compromiso con su bienestar, sino con el bienestar de aquel elemento que inicialmente le arrinconó: el vehículo privado.

Foto de cabecera: @SenorDiesel

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