El desprecio mediático al transporte público

Es bien sabido que los medios de comunicación en España y Catalunya son todo lo opuesto a un portento de credibilidad y honestidad, así lo afirman diversos estudios que concluyen que los medios españoles son los menos fiables de Europa, o que los periodistas son una de las profesiones peor valoradas por la sociedad. El transporte público es una víctima colateral más de la vergonzante situación en la que se encuentra el periodismo. Esta queja no radica en el hecho de que el transporte público no sea promovido por los medios. Al fin y al cabo cada medio puede definir su línea editorial al respecto, y es perfectamente lícito estar en contra del transporte público. Sin embargo, lo que nunca es aceptable es la paupérrima calidad del periodismo en cuestión, o directamente la manipulación descarada a la que tan habituados estamos.

Al periodismo hay que exigirle rigor y veracidad, sin embargo ahí ya empiezan los problemas. Abundan los artículos sobre la materia en los que encontramos errores o incluso falsedades descaradas. Se hace patente no sólamente que los periodistas no acostumbran a usar el transporte público o, si lo hicieran, no ponen ni la más mínima atención a su funcionamiento (que ya es triste que un periodista sea tan mal observador, quizás alguien así debería de buscarse otra profesión que no requiera de esos dotes). Artículos que profesan el topicazo de que una determinada reducción de espacio vial fuera a causar tráfico son el equivalente de cuñado del bar con algunas cañas de más ventilando sus frustraciones por la falta de facilidades que se le ponen al uso del coche. Claro que uno se pregunta como puede esa gente esperar que les paguemos por un trabajo de ese calibre. No sorprende que la mayoría de medios dependan de subvenciones públicas, y consecuentemente sus publicaciones reflejan la ideología del gobierno de turno que les mete las dádivas por el culo. Es una triste herencia del franquismo eso de “[poner] la confianza en la sopa boba del Estado más que en el propio esfuerzo e imaginación”, y parece que muchos medios no están por encima de ese penoso hábito.

Un ejemplo absolutamente paradigmático es el del tranvía de la Diagonal, que ha sacado a relucir lo absolutamente peor del periodismo urbano. Da la impresión que cuando de temas de transporte público se trata, los periodistas, carentes de criterio, presentan argumentos cuya respectiva calidad está en las antípodas como si fueran equiparables. Así, por ejemplo, decir que el tranvía es un transporte decimonónico y quedarse tan ancho al parecer está al nivel de ofrecer un cálculo de la capacidad y velocidad que ofrece el transporte; también decir que el tranvía es un muro, sin ningún tipo de razonamiento detrás, al parecer es un argumento al mismo nivel que el análisis del efecto de la unión de las dos redes de tranvía existentes; o incluso se vale augurar colapsos viarios sin que el “periodista” en cuestión interpele como puede ser esto posible si la capacidad efectiva de la vialidad aumentaría significativamente (detalle, por cierto, que JAMÁS se ha visto mencionado en algún medio).

Quizás hojeando los diferentes medios y observando la cantidad de publicidad para automóviles se entienda un poco mejor esa desidia hacia el rigor periodístico. Muchos medios muestran un absoluto descaro en su visión pro-coches, cosa que, repito, no es un tema de línea editorial, pero sí de falta de rigor periodístico al servirse de evidentes falacias y mitos desmentidos hace medio siglo.

En otros países Europeos el transporte público es una materia de peso en la prensa. Empezando por que muchos más periodistas utilizan habitualmente el transporte público (también por una menor prevalencia de la visión clasista que asocia el transporte público a las clases bajas), pero también son capaces de entender la importancia del mismo en el buen funcionamiento de las ciudades y la competitividad de la economía. Los proyectos respecto al transporte público son analizados con rigor, y la reducción de espacio vial no desencadena de forma inevitable un escandalazo, como es aquí el caso sistemáticamente en determinados medios, sobre todo los de línea editorial más bien conservadora aunque a ratos también los más progresistas. Aquí, en lugar de informar y explicar, las noticias sobre movilidad van principalmente enfocadas a imponer una determinada narrativa (las guerras de narrativa son por desgracia el pan de cada día del periodismo español y catalán). En el caso del tranvía, por ejemplo, claramente se ha intentado crear la narrativa de que el tranvía parece bueno en la superficie pero en realidad es malo, y con ese fin cualquier punto de vista en favor tiene que estar obligatoriamente complementado con una visión contraria, sin importar lo penosa que sea. Incapaces de realmente negar los beneficios, se trata de inventarse perjuicios en base a las falacias y augurios infundados. A los periodistas de poca monta, que son la mayoría, les conviene eso de yuxtaponer la opinión favorable y la contraria, para luego poder decirse en el punto medio y presumir de cobertura plural. Falacia de libro. Y es que la incompetencia de esos periodistas queda en evidencia cuando en otras materias como la L9 del Metro, un despropósito de calibre monumental como demuestra el mismo hecho de que se quedase parada la obra por falta de dinero, o que se hiciera una estación en medio de un descampado, pero que aún así no llega ni siquiera a merecer el distintivo de “polémica” como sí lo obtiene el tranvía, ni tampoco se apunta a la L9 como un derroche, cosa que sí es perfectamente común con el tranvía. La narrativa es clara: METRO = BUENO, TRANVÍA = MALO. Seguro que no tiene nada que ver que el tranvía afectea la circulación vial y el Metro no.

El hecho de que el transporte público en España y en Catalunya sea de los peores de Europa no es casualidad, ni resulta de una falta de dinero, pues la inversión en infraestructuras en España es espectacular, solo que la mejor parte de esa inversión la acapara el AVE o las carreteras y autopistas. Tampoco en otros países esa defensa del transporte público cayó del cielo, de hecho en los años 60-70 la apuesta por el coche en Europa era generalizada. La diferencia es que, por un lado, la prensa no se dejó comprar por el lobi del automóvil como es el caso aquí, y por otro que no hay ese complejo clasista y de nuevorrico de pensar que el transporte público solo es una cosa para los pobres.

Por desgracia, nuestros periodistas jamás de los jamases hacen autocrítica, ni tampoco se dejan criticar. Figura pública que se atreve a pronunciar la más mínima crítica al periodismo es motivo de berrinche generalizado, y acusaciones diversas de totalitario y fascista. Los periodistas hacen preguntas capciosas y se ofenden cuando el entrevistado les cuestiona al respecto. Pretenden situarse en un terreno neutral, pero ya esa pretensión es un engaño. La neutralidad en el periodismo no existe, y quien pretenda ser neutral ya está manipulando. La línea editorial no es nada de lo que avergonzarse, sino que hay que ir con la verdad por delante, reconocer que esa línea editorial existe, y luego hacer el esfuerzo de cuestionar los propios prejuicios. Lo contrario es la autocomplacencia, y esa conduce inevitablemente a la mediocridad que tanto abunda en nuestra sociedad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s