La Revolución Inventada

Comenzó hace ya algunos años. Xavier Trias fué un pionero cuando dijo que el tráfico no se podía reducir sino que se debía “transformar” a vehículos eléctricos. Ahora se nos comienza a hablar de coches autónomos. Una revolución, se nos dice. Con coches autónomos y eléctricos, el tráfico será una cosa del pasado, y el coche será infinitamente más eficiente y práctico de utilizar. En definitiva, el lobi del coche, sus acólitos y sus idiotas útiles han comenzado a allanar el camino para esta revolución. La revolución inventada.

Sin embargo, como con todas las tendencias más basadas en la ideología que en las ideas, se les ha escapado un pequeño detalle, que es de explicarnos como debe verse esa revolución. Las problemáticas externalidades que genera el automóvil no se limitan a la contaminación aérea y acústica que produce, externalidades que efectivamente quedarían superadas con los coches eléctricos. Se trata también de un tema fundamental, que es el uso del espacio público. En Barcelona se suele dar la cifra de alrededor de un 60% del espacio público dedicado a la circulación de vehículos a motor, un 60% del espacio destinado a un 20% de los desplazamientos. Esto no se soluciona con coches eléctricos.

Respecto a los coches autónomos, la situación se lee de forma similar a los tiempos en los que se empezó a ampliar agresivamente las redes de autopistas después de la posguerra, tanto las interurbanas como también las urbanas, que destrozarían todo urbanismo colindante, algo que tomó muchos años en deshacer como hemos visto de forma paradigmática en la ex-ronda General Mitre. El fracaso de ese modelo, que en el caso de Barcelona quedaría plasmado en el “plan de autopistas urbanas” de los años 60 que solo se llegó a ejecutar parcialmente, residía en el fenómeno descrito por el ingeniero inglés John J. Leeming conocido como “demanda inducida” o “demanda latente”, un fenómeno que hasta la fecha de hoy es obviado sistemáticamente, de forma ignorante o interesada, por todo tipo de medios de comunicación y opiniones públicas en favor del automóvil. ¿Por qué es importante ese fenómeno? Cuando en los años 60-70 se empezaron a trazar esas autopistas, sobre todo en el caso de las urbanas, el origen de esta iniciativa era razonablemente comprensiva: Si las calles estaban atrofiadas de tráfico, parecería lógico que más carriles y menos semáforos resultarían en menos tráfico, ya que la circulación sería más fluida. Nadie pudo prever que el tiro saldría por la culata de forma tan monumental, pero a posteriori se pudo definir este fenómeno más sociológico que técnico, y siguiendo el método empírico se demostró que efectivamente las observaciones del sr. Leeming eran correctas: “autovías y rondas generan tráfico, es decir generan tráfico adicional, en parte induciendo a gente a desplazarse que previamente no lo hubiera hecho al ser la nueva vía más conveniente que la antigua; en parte por gente que toman esta nueva vialidad para disfrutar de la mayor conveniencia; y en parte por la gente que accede a los pueblos para visitar y comprar cuando el tráfico de paso se ha desplazado a las rondas.”

Si el coche autónomo, al no necesitar de conducción activa y poder dispensar de aparcar cerca del destino, se convirtiese en un transporte tan conveniente como se nos augura, es de la lógica más fundamental esperar un aumento en la demanda de la movilidad privada. Sin embargo, unas calles saturadas no permiten bajo ningún concepto un aumento en la cantidad de vehículos que las transitan. La idea de que un tráfico controlado de forma inteligente donde los coches no necesitan distancias de seguridad y las maniobras las calcula con exactitud una computadora fuera a resultar en una fluidez mucho mayor es completamente ingénua. No tiene en cuenta ni semáforos o los embudos donde una cantidad excesiva de vehículos pasa de una vialidad de más capacidad a una de menos (como lo es en la entrada desde una autopista a la ciudad). O incluso algo tan sencillo como esa gran cantidad de coches ya no con un ocupante, sino con CERO ocupantes, circulando de vuelta de haber dejado a su ex-ocupante en su destino. Que el coche no necesite aparcar a su vez significa que de nuevo necesita capacidad vial para emprender su camino de vuelta o hasta un aparcamiento.

Todas estas preguntas jamás ven una respuesta clara por parte de los grandes promotores de esta “revolución” que se han sacado de la chistera. Entre líneas se intuye que la idea es que “la tecnología” resuelva todos esos problemas, pues las tecnologías disruptivas de este tipo son veneradas por algunos como una deidad. Lo que en la edad media era “dios lo arreglará”, ahora es “la tecnología lo arreglará”. Pero hay cosas que por mucha tecnología que se aplique no se pueden solucionar. La tecnología no puede meter dos coches donde solo cabe uno. Los semáforos en Barcelona siguen con el mismo funcionamiento que en los años 70, con un temporizador que marca las fases. ¿Alguien de los que realmente se creen esto de los coches autónoms jamás se ha planteado siquiera el coste que tendría implantar a nivel de toda la ciudad un sistema de semáforos inteligentes y control de tráfico centralizado? ¿Y quien lo pagará? ¿El contribuyente le tendrá que subvencionar, una vez más, las infraestructuras a una minoría pudiente que opta por utilizar el vehículo privado aún disponiendo de diversas alternativas sostenibles? ¿Y que hay del uso del espacio público? ¿Seguiremos otorgando un 60% (o incluso más) parte del espacio público a esa misma minoría? ¿Eso es urbanismo inteligente?

Es cuanto menos curioso como hay tantas voces previendo ya esa revolución inventada en torno a algo que ni siquiera está del todo inventado, al mismo tiempo que el interés por una posible revolución del transporte público es casi nula. Parece que se han juntado el hambre y las ganas de comer, por un lado una visión acomplejada y de nuevorrico que se resiste a aceptar la promoción de algo tan tradicional como el transporte público y que es visto como “de pobres”, y por otro lado las sempiternas presiones del lobi del automóvil. Revolucionar la ciudad con más coches bien, revolucionarla con un tranvía, nefasto. Porque molesta a los coches. Hay que estar muy ciego para no darse cuenta de esta doble vara de medir, aunque, como ya decía, es una ceguera selectiva por parte de la gente que, por interés o ignorancia, quieren ver el coche como el futuro de la movilidad, en contra de toda evidencia y experiencia, pero en favor del interés egoísta, insolidario y perezoso del automovilista.

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