La movilidad sostenible, un anhelo conservador

Existe una percepción muy extendida de que la defensa de la movilidad sostenible, es decir el transporte público, la movilidad no motorizada (en bici y a pie), y el uso racional de la movilidad privada de alguna forma son un invento de la izquierda progresista, del a menudo denostado pijoprogresismo. Es una de esas ideas completamente ilógicas pero que aún y así consiguen instalarse en la conciencia popular.

¿Por qué es tan ilógico ese pensamiento? Por una sencilla razón, que es que prácticamente todos los conceptos de la movilidad sostenible, desde las superilles hasta los tranvías, son conceptos que vienen de hace muchísimo tiempo, de los orígenes de la ciudad industrial moderna. Solo hay que ver una foto de principios del siglo XX para ver esencialmente el anhelo de los urbanistas más modernos: Una ciudad con pocos coches y poco tráfico, muchos peatones, bicis y tranvías. La movilidad sostenible es, en su orígen más profundo, un anhelo conservador, que busca recuperar los valores urbanos tradicionales de la sociedad occidental. Esos mismos valores que se perdieron con la cultura del automóvil, que propensó las urbanizaciones sin centro urbano, los centros comerciales y el aislamiento entre personas que a su vez genera ansiedad, depresión y conflicto social.

La oposición pseudoconservadora a la movilidad sostenible se fundamenta sobre una gran baza que es intentar convencernos de que la movilidad basada en el coche es algo tradicional y fundamental para el funcionamiento de la sociedad. Claro que eso es mentira. Las convenciones de la movilidad en la primera mitad del siglo XX no son en absoluto incompatibles con la modernidad, de hecho todo lo contrario. En España no suele ser el caso, pero en otros países donde sobre todo los transportes públicos estaban muy avanzados a principios del siglo XX se da a menudo la paradoja de que éstos eran más rápidos, convenientes y movían a más personas entonces que ahora. Las velocidades para desplazarse en una ciudad tampoco han mejorado mucho: El Metro no va significativamente más rápido que en los años 20, el peatón y las bicis tampoco. Y el que debía haber sido el transporte de velocidad ideal, el coche, se quedó en un ensueño. Mientras que en el caso ideal las velocidades urbanas del coche son y eran espectaculares, en la realidad se acaban quedando cortas por el constante tráfico. El mito de la ampliación vial quedó a su vez desmontado por la simple realidad de que a la progresiva expansión vial jamás pudo acabar de solucionar el problema de tráfico en las ciudades. Irónicamente el transporte que probablemente más haya aumentado su velocidad a lo largo del siglo XX ha sido el tranvía, que en sus encarnaciones más modernas alcanza unas velocidades que rozan las de algunos sistemas de Metro, y superan con creces las velocidades comerciales que muchas redes de tranvía de la primera mitad de siglo pudieron ofrecer.

Esta reflexión podría llevar rápidamente a partidos políticos de “derechas” o “conservadores” a ponerse la medalla de lo progresistas que son, y a atacar a partidos de “izquierdas” o “progresistas” por supuestamente ocultar conservadurismo detrás de sus ideas superficialmente progresistas. Es lo que tiene que un debate político de bajísimo nivel haya erosionado el valor de la ideología hasta el punto de que “conservador” es un atributo negativo, y “progresista” uno positivo. Los partidos conservadores ahora quieren ser progresistas, como si ser conservador fuera algo malo. Fantástico.

Claro que hay otra forma de ver la situación, donde se trata de un enfrentamiento del status quo con un modelo diferente. Aquí evidentemente es la visión que busca el cambio en el status quo la que evidentemente adquiere la vertiente progresista, defendiendo, irónicamente, unos conceptos y valores fundamentalmente conservadores.

¿En que quedamos, pues? ¿La movilidad sostenible es progresista o conservadora?

La ironía quiere que sea un concepto conservador, pero promovido por una mentalidad progresista que busca la ruptura con un modelo que está agotado.

La movilidad sostenible debería de ser un espacio de encuentro entre izquierda y derecha, entre el pensamiento conservador y el progresista. Porque al final, en esta materia ambas ideologías coinciden.

Es en cambio la defensa de la movilidad basada en el coche que no se puede clasificar ni como progresista ni como conservadora. No es conservadora, porque no se trata de un concepto realmente tradicional, sino de un hábito adquirido en la generación de nuestros padres, ni siquiera nuestros abuelos. Tampoco es progresista, porque busca preservar el status quo actual. Es, por tanto, puramente reaccionaria. No responde a ninguna ideología clara y coherente. No busca superar el modelo actual agotado, ineficiente y dañino para la vida urbana, y tampoco mira hacia tiempos pasados buscando valores e ideas que se puedan haber quedado por el camino.

Es ahí donde se puede intuir que la defensa de la movilidad basada en el coche no tiene ninguna ideología detrás. No hay ningún modelo claro alrededor de ese tipo de movilidad. O sino, ¿cual sería ese modelo? ¿El de la ciudad dispersa y fragmentada por autopistas como Los Ángeles? La defensa del coche sólamente sabe esconderse detrás de tópicos superficiales, del estilo de “ya se redujo el tráfico todo lo posible, pero ahora será la gotita que colma el vaso”. Claro. Como esa cantinela no la venimos oyendo cada vez que se han reducido carriles empezando por el Portal del Ángel en 1973, ¿no? La defensa de la movilidad basada en el automóvil requiere de repetir ideas infundadas hasta forzar su asimilación, nunca convencer mediante ningún tipo de argumentación. Se encargan incluso estudios que con un sencillo baile de cifras nos pretenden vender que el modelo que se está aplicando (y sin problemas significativo, válgase decir) nos está conduciendo a un colapso, a pesar de que la evidencia está siendo todo lo contrario. Es tan sencillo ese tipo de engaños como esto: Tome usted el número actual de coches en la calle. Ahora reste un carril. Colapso asegurado. Un cálculo de indudable acierto. Sin embargo, choca con una sencilla realidad: Desde la construcción de las Rondas no se ha hecho ninguna significativa ampliación vial en Barcelona. En cambio, la reducción de carriles y de “fluidez” ha sido espectacular: La Ronda del Mig ha dejado de existir como tal, se han reducido carriles en Gran Via, Aragó, Balmes, Paseo de Gracia, Paseo Bonanova, entre muchas otras calles.

Por desgracia, vivimos en una era de la decadencia de la ideología. La ideología como concepto está mal vista. Si alguien propone una medida por un motivo ideológico, eso es malo. Hay que hacer las cosas con criterio técnico. Es desgraciado, porque trae los oscuros ecos del franquismo, unos tiempos en los cuales, se supone, no había política, sino sólamente administración. En movilidad y urbanismo no existe ningún modelo “técnicamente” correcto. Porque un modelo sólamente es el desplegamiento de una ideología siguiendo después criterios técnicos y científicos para darle coherencia en su extensión. En Barcelona desde hace ya muchos años estamos siguiendo un modelo de movilidad bastante correcto, de paulatina reducción del peso del coche en favor de la movilidad sostenible. A diferencia de las ciudades bananeras en Barcelona existen unos planes maestros que dentro de lo que cabe han sido correctos y coherentes. Pero, como en las ciudades más bananeras y carentes de seriedad, no siempre se ha sabido cumplir con esos planes maestros “autoimpuestos” por nosotros mismos, y que deben dar continuidad a los proyectos que avanzan el modelo más allá de las legislaturas individuales.

El ejemplo más flagrante de esta “bananerización” de la ciudad es, como no, el tranvía. Un proyecto incluido en todos los planes maestros de la movilidad de Barcelona, contínuamente cuestionado por políticos de todos los colores, pero que todos comparten la misma carencia de ideología que deja lugar a un comportamiento profundamente reaccionario. Tildar como “el tranvía de Colau” un proyecto que tiene casi dos décadas esperando ser realizado (y eso sin incluír el antecedente del “Metro Ligero” de TMB ideado para la Diagonal a finales de los años 80) es ridículo, incluso infantil. Pero aún y así tanto políticos como medios no han tardado en subirse a ese carro si sirve para erosionar al gobierno municipal o vender unos cuantos pamfletos más. No fuera a ser que alguien viera como positivo que esa alcaldesa que iba a destruir la ciudad esté intentando cumplir lo que dicen los planes maestros. Lo dicho, la decadencia de la ideología.

La defensa del coche, huérfana de ideología, apela a algunos de los sentimientos más básicos, de la psique humana. El miedo al cambio. El desprecio al prójimo. La sensación de superioridad. El egoísmo. La vagancia. Vive de atizar a los que le buscan un problema a cada solución y no viceversa, a los que están dispuestos a tropezar con la misma piedra infinidad de veces, sin importar las ocasiones en los que la misma realidad ha desmentido esas mentiras en las que se había basado su visión reaccionaria.

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