Es difícil engañar en política municipal

Siempre hemos pensado que en la política municipal es muy difícil engañar al votante. Los asuntos que se tratan suelen ser temas muy concretos y que afectan de cerca al ciudadano. Es lógico, siendo la política municipal la más cercana al ciudadano entre los tres niveles de política: municipal, autonómica y nacional.

Fuera de la política municipal, el principal engaño al votante consiste en convencerle de que no sabe lo que quiere. ¿Que te han votado porque prometiste bajar los impuestos? Que no, que ustedes no saben que eso no es bueno para la economía, así que a subirlos. ¿Que te han votado porque prometiste invertir en infrastructura? Ustedes no saben que la inversión productiva es en AVEs absurdos. ¿Que te han votado porque dijiste que te preocuparías por sus intereses? Claro, preocuparme por los intereses de las grandes empresas es preocuparme por el ciudadano medio. Es obvio (insertar sonrisa telegénica).

En la política municipal todo esto es más difícil. ¿Como convences a unos vecinos de Ciutat Vella de que lo que les conviene es otro pedazo hotel en su barrio? ¿O a un ciclista (o ciclista potencial) de que los carriles bici son malos? Y la pregunta del millón: ¿Como convences a una de las ciudades más contaminadas del continente de que no les conviene preocuparse por la movilidad sostenible?

Esto último tradicionalmente se ha visto respondido por la que posiblemente sea la falacia urbana más clásica: Esque si reducimos carriles habrá más tráfico. Una lógica tan arrolladora como afirmar que el sol gira alrededor de la tierra. ¿Como puede alguien negar semejante evidencia? ¿Acaso nos movemos? No. Pero el sol sí. Es obvio que es el sol que gira. Ni se atreva nadie a cuestionar esto que le quemamos en la hoguera. Suena ridículo, ¿verdad? Pues así de ridículo suena decir que quitando carriles habrá más tráfico.

Por eso en la política municipal es más que ridículo cuando partidos supuestamente progresistas y/o de izquierdas de repente asumen posiciones radicalmente opuestas a su ideología con el fin más que evidente de desgastar al gobierno municipal. Es lo que ocurre en Barcelona con el tranvía.

Es hasta cierto punto comprensible que partidos como el PDEcat (ex-CiU), el PP o Ciudadanos se opongan a mejoras de calado de transporte público como el tranvía. Su principal caladero de votos posiblemente no utilice con excesiva asiduidad el transporte público, por tanto la defensa del mismo es más bien formal, para quedar bien de cara a la galería. Por eso les viene muy fácil promover líneas de Metro: son grandes obras donde sacarse un soborno, donde se puede aplicar el populismo de proclamar que se hacen obras y eso crea empleo (como en los regímenes de extrema izquierda, irónicamente [por algo se dice que los extremos se tocan]) y que se mejora el transporte público, todo eso mientras no se les toca las narices a los automovilistas. (Para extra de “con dos cojones” luego dirán que el tranvía es muy caro.)

Claro que cuando un partido tiene que traicionar su esencia ideológica la cosa se pone más espinosa. Como ya decíamos, al no caber la posibilidad de engañar al electorado diciendo que rojo es azul y arriba es abajo, quedan en una posición incómoda. En el caso del tranvía, se intenta suplir con lo que se puede de lo que queda en la caja de los malos argumentos. Basta con mirar las penosas excusas que usan:
-E-esque hace f-falta más estudios! Sí, eso, faltan estudios.
-Pero señor, esta es la obra más estudiada en la historia de la ciudad.
-Da igual, más estudios, pediremos más estudios que así parece que no nos oponemos solo por joder.
O también:
-E-esque el t-tranvía es p-privado, y eso n-nos parece m-muy mal. Sí. Eso.
-Pero el tranvía solo tiene privada la operación, mientras que la L9 tiene privatizada la infraestructura y los trenes, y es una sangría infinitamente mayor que el tranvía.
-Da igual! El Metro es de TMB, TMB bueno, TRAM malo. Capisce?

Ya cuando se apuntan a la orgía del bus eléctrico la cosa pasa de penoso a vergüenza ajena. Pero ¿por qué es tan lamentable este tipo de oposición destructiva? Porque deja al descubierto no que se antepone la ideología al criterio técnico, que es lo que apuntan algunos, sino peor aún (porque la ideología no es algo malo, todo lo contrario): Se antepone el oportunismo político a la misma ideología. Y cuando un partido político traiciona su ideología, traiciona su misma razón de ser. Es como imaginar que un panadero decide vender carne porque ya hay otro panadero en el barrio. Se está dedicando a hacer algo que no sabe hacer, sólamente con tal de llevarle la contraria a su competidor, en lugar de, o bien, intentar ser más competitivo en su oficio, o unírsele a si competencia en un esfuerzo conjunto (eso de “si no puedes vencerles, úneteles”). La única opción que no es legítima es cambiar completamente tu oficio, tu ideología, sólamente por llevar la contraria. Significa que, o bien eres consciente de que tu ideología es mala, o eres consciente de que el otro lo hace mejor y no puedes competir.

Exactamente esto es lo que ocurre con el tranvía. Los partidos supuestamente de izquierdas, supuestamente en favor del transporte público, de la igualdad de oportunidades, de la ecología, del urbanismo saludable, de la sostenibilidad, y un largo etc. están traicionando su esencia con el único fin de desgastar al gobierno municipal.

Sin embargo, es muy probable que se les tuerza el cálculo. Como ya decíamos, es difícil engañar en política municipal, porque son temas demasiado específicos. Es difícil hacer creer a los ciudadanos que no saben lo que quieren ni lo que es bueno para ellos. Consecuentemente, es difícil justificar la oposición a un proyecto tan sumamente positivo como el del tranvía, sea con las excusas baratas que sea: Esque no no hay consenso, esque es muy caro, esque es privado. Puede que en su círculo de lameculos los hay que les digan que es buena idea seguir por esta senda, que esto ha funcionado bien en otros niveles de política, y que la gente es tonta y ya se creerán las historias de lo terrible que es el tranvía. La realidad posiblemente sea otra, y posiblemente sea esa realidad la que explica fenómenos tan extraños como que un partido surgido tan repentinamente y carente de experiencia como es el caso de Barcelona en Comú se haya podido hacer con la alcaldía en su primer intento, aún siendo con la mayoría más flaca de la historia del consistorio.

El bloqueo que a menudo apremia en la política autonómica o nacional, es veneno electoral en el ámbito municipal. Supone poner palos en las ruedas al avance de la urbe, y es difícil convencer a los votantes de que la culpa de esto no ha sido de los que bloquean, sino de los que promueven.

En la política municipal hay poco engaño que valga. Uno recoge lo que siembra. Ni más, ni menos.

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