Reducir el tráfico con más tráfico; o, un canto a la estupidez

Al hablar de movilidad parece que a muchos les traiciona el egoísmo

El impulso a la movilidad sostenible que ha venido desde el actual gobierno municipal, ya sea de forma teórica o práctica, ya ha dado muy buenos resultados sacando a la luz las mentalidades que se esconden detrás de los fracasos de planificación en la movilidad urbana que nos han conducido a la deficiente situación actual. Mediante los medios, las cartas a los directores de los diarios o las redes sociales resultan por fin verbalizados unos puntos de vista que sin llegar a ser explícitos han abundado en nuestra sociedad durante mucho tiempo, hasta llegar a implantar algunas concepciones erróneas que claramente responden a una subjetividad nacida del más puro egoísmo, pues carecen de la lógica más esencial como para poder ser dados buenos como verdaderos argumentos.

El clásico entre estos sin duda es la queja de que la reducción de carriles causa una mayor congestión vial. Algo que superficialmente puede resultar obvio resulta ser, igual que las hoy en día reconocidamente absurdas teoría del geocentrismo o de la tierra plana, una santa estupidez. Pero no nos riamos, pues personalidades de las más altas esferas no han tenido reparo en apuntarse a esta orgía de la ignorancia con diferentes finalidades. En algunos casos se trata de oportunismo político, del populismo más rancio de incidir en cualquier queja por estúpida que sea con tal de desgastar al partido gobernante. Pero en la mayoría de los casos se trata simplemente de refractar la visión de la realidad para que se ajuste al interés propio de obtener las máximas facilidades posibles para el uso del vehículo propio, sin tener consideración alguna ni por la habitabilidad de la ciudad, ni por el interés de peatones, ciclistas y transporte público.

El ejemplo de la Superilla, así como el del tranvía (que es básicamente un ejemplo para todos los comportamientos más antisociales en materia de movilidad) son una buena muestra de como se expresa este punto de vista. No tiene sentido ponerse aquí a explicar de nuevo el concepto de la demanda inducida (y la inversa, la demanda reducida) que ha sido aceptado por el mundo científico por su lógica absolutamente aplastante así como una infinidad de ejemplos que demuestran el acierto de ese concepto (y las excepciones que confirman la regla). Cuando una gente rechazan una lógica científica tan apabullante es evidente que poco tiene que ver con educación o formación, sino que se trata de una compulsiva negación de la realidad y de la evidencia, similar a la que podemos encontrarnos por ejemplo en el extremismo religioso y que lleva, en el mejor de los casos, a situaciones como el ya mítico “bus transfóbico”, o en el peor de los casos a inquisiciones o “guerras santas”.

Más grotescos son los puntos de vista que se han llegado a expresar en torno a propuestas de limitar la entrada de coches a la ciudad, ya fuera por números de matrícula o, como se considera para Barcelona, poniendo límites sobre todo a los coches más antiguos. Una de las quejas que surje es que estas medidas afectan más a la gente con menores recursos. Esta afirmación no es incorrecta per se, pero ignora el hecho de que cualquier restricción al automóvil afectará más a la gente de menores ingresos. Lo que resulta de nuevo paradójico de estas afirmaciones es que, nuevamente, se busque mantener las máximas facilidades para el vehículo privado, incluso cuando es utilizado por gente de supuestamente menos recursos, en lugar de pensar en ofrecerle a esa misma gente una alternativa de transporte público que incluso les podría permitir dispensar completamente del coche, y el enorme lastre que supone a las economías familiares. De nuevo, el egoísmo, la insolidaridad y la falta de empatía se asoman entre un argumento que parte de una observación muy selectiva de la realidad para adaptarse a la preferencia individual.

Pero la cosa no acaba ahí. Cualquier mención de limitación al acceso de automóviles suele también invocar menciones a coches eléctricos. Si éstas se limitaran a sugerir la exención de las limitaciones para ese tipo de vehículo o la instalación de infraestructuras relacionadas (básicamente estaciones públicas de recarga), la cosa se mantendría dentro de unos márgenes de sensatez. Pero de nuevo el egoísmo empuja estas ideas a extremos ridículos, como al comenzar las menciones del elevado precio de estos vehículos, y la exigencia de ayudas o subvenciones para su adquisición.

La idea de subvencionar la compra de automóviles, aún siendo eléctricos, es en sí misma una ofensa a cualquier sentido común y de un grotesco que hace parecer la escena del gordo en El Sentido de la Vida como un canto a la virtud humana. Unas ayudas concebidas como subvención indirecta a la tan preciada industria del automóvil y vendidas a una ciudadanía borrega como algo que debe ayudar a reducir la contaminación en las ciudades ha llevado a interiorizar como algo natural que se fomente descaradamente el uso del coche, el mismo que las ciudades preocupadas por la calidad del aire que respiramos quieren reducir. Por mucho menos que un coche reciente contamine respecto al coche antiguo, la desaparición de ese coche antiguo en favor del uso del transporte público lo supera con creces.

Si tomamos en cuenta la excesiva proporción del espacio público dedicado al coche (el famoso 60% en Barcelona), y que esos coches eléctricos seguirían generando una congestión que afectaría también a los coches de combustión, la coartada de “electrificar el tráfico” como proponía en su día Xavier Trias hace aguas rápidamente. Aparte de esto la sugerencia de ayudar a la compra de automóviles eléctricos no dejaría de suponer una subvención a personas de una cierta capacidad adquisitiva, pues aún llegando a subvencionar un hipotético 50% del coste de adquisición hablaríamos del coste de un automóvil convencional, ya hoy en día inasequible para muchas personas de bajos ingresos. Resulta tremendamente injusto pensar en que se dediquen grandes cantidades de dinero público para ayudar a gente que ni siquiera tienen ingresos muy bajos a comprarse algo tan dispensable como un coche (o al menos mucha gente dispensa de él, sea o no por voluntad propia, sin que se acabe el mundo). Algo similar ocurre con el previamente aludido plan PIVE, que otorga ayudas a quienes ya disponían de un vehículo para que renueven éste, mientras que los que no tienen nada quedan excluídos de cualquier ayuda para adquirir un vehículo (ni que fuera deseable eso). De nuevo estos “argumentos”, si es que así se les puede llamar, nacen de la más absoluta ignominia, de la incapacidad o falta de voluntad de tener en cuenta clases sociales diferentes a la propia, y como se estarían otorgando ayudas a algunos, inaccesibles a su vez para los más necesitados. No hay neoliberalismo en el mundo que pueda sostener semejante despropósito.

Queda, pues, evidenciado que este tipo de puntos de vista ilógicos, ignominiosos, egoístas y antisociales no nacen de ninguna lógica, por más remota que pudiera ser esta. Son una muestra de la vileza más descarnada de la sociedad, de la obsesiva tergiversación de la realidad para adaptarse al interés individual, sin la más mínima consideración por sus efectos sobre el conjunto de la sociedad. Es preocupante que algo tan cotidiano y trivial como el automóvil pueda generar estos puntos de vista, que parecen más propios de una drogodependencia o el ya mencionado extremismo religioso; como también es preocupante que haya tanta reticencia en atacar abiertamente estas idioteces, siempre partiendo de la lógica empírica y científica. Hay un gran interés por parte de medios, políticos, etc. de no ofender a unos determinados sectores de la población, consecuentemente dándoles un trato más propio de un párvulo al que se le aplaude por logros que para un adulto serían insignificantes. Es un comportamiento peligroso el de evitar la crítica a las idioteces más extendidas. Las sociedades avanzan porque superan sus defectos, y esos defectos se superan porque son criticados abiertamente. (Por eso una de las primeras medidas de todo régimen totalitario es el de exterminar toda crítica.) De no empezar a decir las cosas claras se encamina una senda donde la estupidez comunmente aceptada se acaba imponiendo, hasta que finalmente la dura realidad acabe derrumbándose sobre toda la población.

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