Algo huele mal en Barcelona

Opinión

Primero en una serie sobre los problemas de movilidad que presenta nuestra ciudad.

Algo huele mal en Barcelona, literal y figurativamente. A nivel literal, lo que huele mal es el aire. El aire de Barcelona se está volviendo cada vez menos respirable. Pasados los peores años de la crisis está aumentando el uso del coche. Por el lado figurativo, huele mal una planificación que no ha sabido hacer frente a este gran problema de salud pública, pues hoy por hoy en Barcelona todavía impera un modelo de planificación que tiene al vehículo privado dogmáticamente en su centro.

Ocurre por momentos que uno tiene la impresión de la política es como el mundo al revés. Cuanto más hablan de algo, más apunta a todo lo contrario. Al menos en materia de movilidad esto ha sido relativamente cierto a lo largo de los últimos años. Así, diferentes colores políticos todos se han pronunciado preocupados por la contaminación, y comprometidos con el transporte público y la movilidad sostenible. Sin embargo, al mismo tiempo no ha habido una ruptura clara con el obsoleto modelo de tráfico del pasado. Pese a que probablemente y en medida variable ha habido buenas intenciones tras tanta proclama vacía, esas mismas buenas intenciones no han sido suficientes para cambiar viejos hábitos.

Dejándonos de rodeos, se trata de un modelo de planificación de movilidad que todavía tiene en su centro la gestión del tráfico, que no una verdadera gestión de movilidad. Antiguamente al estudiar la movilidad urbana se solía estudiar los fenómenos del tráfico, mientras que el transporte público era visto más como un elemento paralelo, que no entrelazado. El problema de este planteamiento es que a lo largo de muchas décadas fué absolutamente incapaz de resolver los problemas de tránsito. En los años 60 se empezó a apuntar al concepto de la demanda inducida como un factor clave para la congestión viaria. La conclusión lógica fué empezar a considerar el tráfico como un fenómeno intrínsecamente ligado al transporte público y los modos de movilidad no motorizados.

Ahí donde se ha sabido reconocer esta relación y se han tomado medidas en consecuencia, los resultados han sido absolutamente satisfactorios. El cambio de una planificación para el tráfico a una planificación para la movilidad en general ha conducido a una mejor respuesta a la demanda de movilidad de la ciudadanía. Porque al final, para una gran mayoría de gente la demanda no es ni de coches, motos, o transporte público, sino de movilidad, y el medio de transporte elegido es el que mejor responde a esa demanda.

En Barcelona, pese a todo, no parece haber calado todavía este concepto. Siempre es difícil y doloroso superar ideologías asumidas. Aquí, concretamente, esta ideología asumida puede resumirse como la percepción de que el tráfico de Barcelona pende de un hilo. La previamente mencionada demanda inducida conduce a una especie de equilibrio donde la saturación del espacio vial se estabiliza cuando a mayor tráfico la conveniencia del vehículo privado es menor, y cada vez más gente encuentra mayor conveniencia en transportes públicos segregados. Esto genera una impresión de que el tráfico está forzando el espacio vial, cuando la realidad es la inversa, el espacio vial capa el nivel de tráfico.

La consecuencia de esta percepción superficial es una reaciedad hacia la reducción de espacio vial, y consecuentemente el perjuicio al transporte público, al dificultar la mejora del servicio en superficie. Se crea un círculo vicioso donde la conservación de espacio vial impide la mejora del transporte público, mientras que esa misma falta de transporte público se hace responsable por los problemas de tráfico.

Es necesario superar este pensamiento obsoleto y erróneo, para poderse abrir a una percepción de la movilidad como un todo, donde el tráfico de coches tiene una estrecha relación con el transporte público. Está demostrado que la planificación del tráfico es incapaz de resolver los problemas de tráfico. El caso contrario sería seguir tropezando con los mismos errores cometidos en los años 60-80, donde la indiscriminada ampliación de vialidades lejos de resolver los problemas de tráfico los empeoró, y nos dejó una herencia muy maloliente. Hoy, algo huele mal en Barcelona.

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